Sokushinbutsu: Los monjes que se momifican vivos

Durante varios siglos, en Japón existió una secta budista cuyos monjes se sometían a un brutal rito de suicidio que hacía que sus cadáveres se momificaran sin necesidad de ningún tratamiento postmortem. El objetivo de este ritual era convertirse en budas.

Según la religión budista, después de la muerte nuestra alma se reencarna con lo que estamos atrapados en un ciclo de vidas y muertes, el Samsara, que en principio es eterno, salvo para los budas. Un buda es una persona que ha alcanzado el estado de iluminación, el nirvana, y que, tras su muerte, no se reencarnará sino que su alma se fundirá con el Universo convirtiéndose así en parte de la divinidad.

¿Como se convierte uno en buda? El camino general es someterse a una vida de sacrificio y renuncia que nos desligue del mundo material, aunque dentro del budismo existen diferentes confesiones, cada una con sus propios ritos y costumbres.

Y aquí llegamos a los Sokushinbutsu; se trata de una secta budista del norte de Japón cuyos miembros se sometían a un ritual absolutamente brutal que les llevaba a la muerte y, según ellos creían, al nirvana.

El rito consta de las siguientes etapas:

  • Durante mil días, el monje se alimenta exclusivamente de nueces y frutos secos y se somete a un duro programa de ejercicio físico. Este tratamiento le hace perder toda la grasa corporal, que es lo primero que se pudre tras la muerte.
  • Durante mil días mas, se alimenta solo de cortezas y raices, y tomaban un te elaborado a partir de la savia de urushi, un árbol típico del sudeste asiático y de agua de un manantial sagrado situado en el Monte Yudono. Aparte de que la savia de este árbol es tóxica, el manantial indicado contiene altas dosis de arsénico. El resultado es un te venenoso que al tomarlo produce sudores y vómitos, provocando así la eliminación de los líquidos corporales; además, al ser absorbido por el cuerpo del monje hace que este se vuelva tóxico para los insectos responsables de la descomposición de los cadáveres.
  • Tras completar esta preparación, el monje se entierra vivo en una pequeña cripta donde solo tiene espacio para mantenerse en la postura de la flor de loto; su única conexión con el exterior es un tubo de aire para respirar y un cordón con el que hace sonar una campanilla. Cada día, el monje hace sonar la campanilla para indicar que aun está vivo; cuando deja de sonar, se entiende que ha fallecido y se sella la tumba.
  • Mil días mas tarde, la tumba se abre y se observa el estado del cuerpo; si se ha momificado se entiende que el monje ha alcanzado el nirvana y se ha convertido en buda, con lo que su cuerpo se llevará a un santuario donde será adorado como un dios; si el cuerpo se ha corrompido se entiende que no ha alcanzado el nirvana, así que se le enterrará con honores en reconocimiento al martirio que ha sufrido.

Se sabe que cientos de monjes intentaron convertirse en budas a través de este brutal ritual, pero solo lo lograron entre 16 y 24. El origen de esta práctica se fecha en el S.XV, y aunque se prohibió en el S.XIX, se cree que el rito se continuó practicando hasta mediados del S.XX.

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